Domingo 23 de Julio de 2006 - DESDE MÁLAGA - Opinión

El vagabundo que amaba los libros

Por: José Luis del Barco

En aquellas soledades me confesó un día que estuvo a punto de derrumbarse.

Creyó hallar en el alcohol el remedio contra el frío y las tristezas sin cura.

Se notaba por su aspecto que era un individuo errante. Los cabellos revueltos, la barba larga y la ropa arrugada hablaban de una vida a la deriva: sin ninguna dirección. Su piel, maltratada por la intemperie, era del color del trigo. Cargaba una alforja al hombro con sus pocas pertenencias. El cuerpo seco y enjuto se diría esculpido por la poca comida y las muchas caminatas. Pero los confidentes, seguros y fieles, de su existencia errante eran sus ojos serenos. Negros, profundos y grandes debían de haber mirado todos los cielos.

Cuando lo conocí, venía de recorrer las regiones hiperbóreas. En aquellas soledades de vientos y brumas, me confesó un día en que estuvo a punto de derrumbarse, se dio a la bebida. Creyó hallar en el alcohol el remedio contra el frío y las tristezas sin cura. El que había sido atleta de los caminos se convirtió en parásito de las tabernas. En una de ellas halló, una noche inclemente de vientos enrabiados, un libro sobre una mesa. Lo abrió al azar y leyó: “Estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado / fueron en tiempo Itálica famosa”. Los versos despertaron su vocación dormida de vagabundo y decidió ir al sur, donde suponía que un día estuvo Itálica.

Conforme se iba acercando a las soleadas tierras meridionales, donde crecían naranjos y florecían almendros, notaba que los paisajes no lo exaltaban igual que antes. Desde que leyó los versos en el tugurio ártico, ya sólo lo seducía la música de las palabras. La geografía de los libros, cuyos accidentes no eran montes o ríos sino sueños y emociones, le parecía asombrosa, y empezó a amarlos. Los abría por una página cualquiera. “Todas, decía, son mágicas”.

En el segundo que abrió, sentado a la sombra de un sicómoro, leyó deslumbrado: “Suave como un sauzal está la noche”. Así descubrió, después de tantas al raso, el significado de la noche. Una frase elegante del tercero -“Y ahora esa cosa distinguida, la muerte”- le hizo descubrir que se puede halagar, además de temer, el gran misterio. En uno que se encontró en una región de olivos, le maravilló una silva que leyó durante horas. “Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura / y, yéndolos mirando, / con solo su figura / vestido los dejó de su hermosura”. “Por fin sé qué es la belleza”, exclamó sobresaltado. “Las cosas de la tierra existen escasamente. La verdadera realidad está en los sueños”. La frase, leída una noche de luna en las páginas trémulas de algún poeta, fue una revelación. Desde ese momento aprendió a oñars.

Y por fin descubrió, en un libro viejo y desvencijado que encontró entre las matas de una rosaleda, qué significa amor. “Todo lo que fue tuyo de algún modo / lo recuerdo, mi bien, pues lo amé todo”, recitó emocionado. Repitiendo mil veces esos endecasílabos murió, hambriento y soñando, una noche de invierno. Cuentan los que lo hallaron, con un libro entre las manos, que tenía en los labios una sonrisa; y en los ojos, mucho asombro.

FUENTE: www.sigloxxi.com

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